Nuevas investigaciones y expertos de Cleveland Clinic exploran el impacto silencioso de un miedo que altera rutinas y desafía las soluciones habituales para recuperar el bienestar. La somnifobia es un trastorno caracterizado por un miedo extremo a dormir, que puede afectar a personas de todas las edades y puede tener consecuencias graves sobre la salud física y emocional. Este temor se manifiesta en quienes, durante el día, anticipan con ansiedad la llegada de la noche, evitan acostarse o experimentan angustia ante la posibilidad de dormir. La somnifobia, aunque poco frecuente, interfiere con las actividades cotidianas y puede derivar en insomnio y fatiga persistente.
De acuerdo con Cleveland Clinic, este miedo suele surgir por experiencias previas de pesadillas, parálisis del sueño o traumas nocturnos. El factor de riesgo más importante es el historial de parasomnias, siendo que las personas con trastorno de ansiedad generalizada, pánico nocturno o antecedentes de trauma presentan mayor probabilidad de desarrollar somnifobia.
Además, otro artículo reciente publicado en el sitio Oxford Academic respaldó la teoría de que el miedo a dormir suele desarrollarse tras una exposición a un trauma y puede desempeñar un papel clave en el mantenimiento de los síntomas de insomnio.
Los síntomas de la somnifobia incluyen angustia intensa al pensar en dormir, irritabilidad, dificultad para concentrarse y cambios de humor. Los afectados pueden dejar las luces encendidas, evitar la cama o resistirse a dormir por miedo a alucinaciones, pesadillas o incluso a no despertar. En casos graves, se pueden presentar ataques de pánico con sudoración, palpitaciones, náuseas y temblores.
El origen de la somnifobia no está completamente definido. Según los especialistas, el miedo a dormir puede estar motivado por temores irracionales a morir durante el sueño, experimentar alucinaciones o sufrir episodios de parálisis. El trastorno de estrés postraumático (TEPT) y otros eventos similares pueden incrementar la susceptibilidad a desarrollar esta fobia. Puede estar vinculada a otros trastornos del sueño, como narcolepsia, síndrome de piernas inquietas o apnea del sueño.
Las personas afectadas suelen evitar dormir tanto como les sea posible. Es común que dejen dispositivos electrónicos encendidos, busquen compañía o se levanten repetidamente durante la noche. En el caso de los niños, los episodios pueden manifestarse con llanto, resistencia a ir a la cama, rabietas o necesidad de estar cerca de sus cuidadores. La preocupación constante por el sueño puede dificultar el rendimiento laboral, académico y afectar la vida social.
El diagnóstico de la somnifobia se basa en la evaluación clínica, donde los profesionales valoran la intensidad y duración del miedo, su impacto en la vida diaria y la presencia de otros síntomas de ansiedad. El trastorno se confirma si la preocupación por dormir persiste por al menos seis meses y afecta las actividades habituales o la salud emocional y física del paciente.
De acuerdo con expertos de Cleveland Clinic, el tratamiento más efectivo suele ser la terapia de exposición, que ayuda a la persona a enfrentar gradualmente el miedo a dormir. La terapia cognitivo-conductual (TCC) también se utiliza para identificar y modificar los pensamientos angustiantes relacionados con el sueño. En casos derivados de traumas, la desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares (EMDR) puede resultar especialmente útil. Algunas personas pueden beneficiarse de medicación ansiolítica o sedante como apoyo temporal, siempre bajo supervisión médica.
El pronóstico varía según la gravedad del caso y el acceso a tratamiento. Muchas personas logran aliviar o controlar los síntomas con apoyo profesional, mientras que otras requieren estrategias a largo plazo para mantener la calidad del sueño. La falta de tratamiento puede derivar en insomnio crónico y aumentar el riesgo de enfermedades como depresión, hipertensión, obesidad, diabetes y problemas cardiovasculares.
Fuente: Infobae


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